jueves, 15 de octubre de 2015

Papá, yo no quiero ser futbolista

Papá, yo no quiero ser futbolista


Aunque en casa no tengamos hijos con los que lidiar a diario, seguro que todos hemos visto cómo los más pequeños intentan entender el fútbol desde la sencillez del juego: una pelota, una patada… ¡gol!
En mi caso, tengo un sobrinito de cinco años con el que me puedo pasar tardes enteras sin aburrirme jugando al fútbol en el pasillo de casa. Al fútbol, a su fútbol. ¿Quién gana? Pues el que meta más goles, claro. No existen tarjetas, no existen normas, ni tiempos. Solo se puede golpear el balón con el pie, nada de manos, y a disfrutar. Qué bonita es la inocencia con la que entienden las cosas los niños.
También hay veces que vemos cómo niños que no conocemos de nada juegan en el parque con sus amigos o cómo al pasar por el patio de un colegio se pelean por ser quien domine el juego. Aunque lamentablemente, esto cada vez menos porque son más los que recurren a las consolas portátiles para jugar.
Y qué decir de los niños que salen de sus entrenamientos o los fines de semana abandonan el campo de fútbol de su barrio tras haber jugado un partido con su equipo. Aquí quería yo llegar.
Todo niño coruñés seguramente haya disputado algún partido en la Ciudad Deportiva de la Torre. Una zona muy venteada, pero llena de niños que van a hacer deporte. Y mayores. Allí estaba yo paseando con la caída del sol cuando me encontré con un padre que recogía a su hijo del entrenamiento.
o    ¿Has visto lo que hice, papá?
o    Sí, pero tienes que hacerlo así, como yo te explico.
o    Tengo que hacerle caso al entrenador.
o    ¿El entrenador? Ese no tiene ni puta idea.
o    Pero…
o    Ni pero ni nada. Aquí el que sabe soy yo, que para eso soy tu padre.
Las dos figuras: el entrenador y el entrenador no oficial. Muchos padres deciden pasar la tarde viendo el entrenamiento para salir de allí riñendo a su hijo por no seguir las directrices que le mandan en casa. “¿Quién sabe más, tu entrenador o yo?” Una comparativa que los niños no captan en toda su realidad, así que por supuesto recurren a la lógica infantil de “papá sabe más que nadie” porque así lo dicen en casa.
Lo fácil es salir de allí echando tierra encima de los compañeros o del míster y en muchos casos, desprestigiándolos. “Ese que juega contigo no vale para nada… ya verás como no lo ficha nadie” “A ese niño no le pases el balón, porque lo pierde” “No hagas caso de lo que te diga el entrenador, no sabe jugar…” No solo es una forma de que el niño, en edad de crecimiento no solo física sino mental, se nutra también de la falta de respeto hacia los demás que intenta inculcar el deporte. Y eso que se gana de niño es difícil quitarlo de mayor.
Lo que muchos padres, por ignorancia o por querer hacer oídos sordos a la situación, desconocen, es que los entrenadores sí saben. Son cada vez más los clubes que exigen la titulación en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte para formar parte de su cuerpo técnico, además del título de entrenador en su categoría correspondiente. El entrenador sabe cómo desarrollar las capacidades de un niño para que entienda el juego. Sabe cómo estructurar un entrenamiento para evitar que se lesionen. Saben cómo hacer entender los valores. Saben lidiar con uno y con otros quince niños más a la vez. Porque como sabemos, es un juego de equipo. Y todos tendrán que ir con la misma directriz. ¡Vaya caos si cada uno va entrenado de su casa y todos los padres gritan a la vez desde la banda!
Otros casos son que el niño pierda el interés por el deporte por la competitividad que le crean en torno a él. Lo más frecuente en los casos donde se impone que el benjamín de la casa tiene que ser futbolista porque su padre lo diga. ¿Y si quiere dedicarse al tenis? ¿O a la investigación química? Nada oye, que no es negociable.
o    Papá, yo no quiero ser futbolista
o    ¿Cómo que no? Pero mira Cristiano, Messi…
o    Sí papá, pero a mí me gusta jugar con mis amigos, no como tú me dices…
o    No tienes ni idea. Vas a seguir yendo a entrenar y verás cómo me lo agradeces…

El tópico de los padres es responder “yo quiero que sea feliz” cuando se le pregunta por la profesión que quieren para su hijo en un futuro. Pero otros, buscan ensuciar una infancia a base de todo aquello que el fútbol profesional pretende evitar. Se recalca la necesidad de que un niño que forme parte del fútbol base esté en su entorno y se habla de cómo lo pierde si ficha por un equipo fuera de su ciudad. Pero, ¿qué pasa con la formación como persona de un niño que sabemos a ciencia cierta que no seguirá con el fútbol?

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